LOÏE. 18

La piel es una casa

23 de April de 2026
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A RAPOSA E O TÊNIS / EL ZORRO Y LA ZAPATILLA. Dirección y performance: Michel Capeletti y Federice Moreno Vieyra. Diseño Sonoro: Diego Basile. Asistencia general y coreográfica: Abril Lis Varela. Asistencia general y en función: Vanishkka Plinski. Asistencia coreográfica y colaboración artística: Rocío García Brangeri. Diseño de luces: Caro García Ugrín. Diseño y realización de vestuario y objetos: Federice Moreno Vieyra. Comunicación: Florencia D’Antonio. Concepción: Federice Moreno Vieyra. Función: 29 de Marzo. 

 

El cuerpo expone

la fractura de sentido

que la existencia constituye,

sencilla y absolutamente.

Jean-Luc Nancy

 

En tiempos donde la abundancia material se transforma en opulencia inaccesible, lo singularmente sencillo despunta con una valía necesaria. La condición se hace presente en el despliegue de un cuerpo que acontece, y cuando sucede, la carne instala una humanidad ineludible. No se trata de una destreza corporal particular, tampoco de un tratamiento efectista de la escena, viene tratándose de exponer con simpleza un cuerpo/dos que se muestra(n) (a sí mismos) en la compleja configuración de lo que es sencillamente ser.

En Galpón Face, entre conversaciones con personas queridas, mientras esperamos que den sala, se apaga la música y queda sonando un silencio incómodo, de esos que anuncian que algo está por comenzar. Se asoma Federico y, con su presencia calma, toma con sus manos un hilo casi invisible entre el pulgar y el índice. Siguiendo el camino trazado de hilo, lo acompañamos al espacio donde comenzará a desarrollarse la pieza escénica. Nos convida Michele una cálida bienvenida en portugués.

Resuena en mí la expresión “precariedad” de la danza, resuena también “el cuerpo es una casa”, y al componer este texto puedo empezar por allí, por esas expresiones que quedan deambulando cuando nos corrimos, cuando ya no estamos asistiendo a la obra. Lo que queda y sedimenta.

Del orden de lo despojado es lo que se refleja en el cuerpo desnudado (participio puesto adrede, pues es una acción que van realizando uno sobre el otro, deslizándose sobre la superficie de la piel del muslo, recorriendo el territorio de la carne como si fuera el lomo de un agua mansa).

Celeste Riveros

Estoy viendo una composición de movimiento, no sólo en materia de danza sino en cuanto a recorrido entre, entre telas e hilos, entre máscaras y títeres, entre escritos poéticos y narraciones orales. Una danza incómoda, para nada suntuosa, que hace vínculo con la imaginería de lo que existe cerca, la elucubración acerca del barrio y de las zapatillas colgadas enmarañadas, esa zapatilla que nos hace preguntarnos -en el seno de su simbología “situada”-, por Cromañón, por los zapatos de un solo pie que quedan tirados por las calles de Bajo Flores. Escucho la narración sobre el zorro que lleva la zapatilla como estandarte, escucho, oímos, la narración en castellano y portugués.

En la escena de íntimo devenir, donde un cuarto se configura bajo la sábana bordada de zapatilla, irrumpe un títere-media, es el títere de “lo poco”, de una infancia sencilla anclada en la experiencia del juego y los personajes. La idea del despojo también expone una mirada que lo sitúa como posibilidad.

El cuerpo es el lugar propio que permite despliegues y compresiones suficientes para sostener un hecho creativo.

Tapar la intimidad y bordar es aquello que hacen con el hilo a través del cual delinean el espacio, y cuya imagen figurada es la de suscitar sentidos posibles -el hilo que hilvana los sentidos-.  Uno de ellos es el de ir bordando una imagen, la de una zapatilla en una sábana. El bordado es un arte de la mansedad, del tiempo singular que queda plasmado punto tras punto, curvas y colores compondrán un sentido más allá.

En la calidez cercana de un cuarto compartido, en la desnudez que precipita el contacto tierno, en el juego erótico de dos cuerpos, se desenvuelven percepciones que transforman la presencia escénica. En el transcurso de instantes que constituyen el tiempo de la pieza artística, ellxs, Federico y Michele, dejan de ser dos y devienen, se diferencian de identidades fijas, constituyen la mutabilidad y encarnan la pregunta que enarbolan “como estandarte”. Y es en ese sitio dinámico, el de los desplazamientos, donde dos hombres se enternecen en el campo de lo sensible, de lo tierno, que, para Nancy, es la singularidad sensible, “la exposición del sentido que ocurre en la fragilidad de lo material, el contacto entre el cuerpo y el mundo sin reducir la extrañeza del otro, celebrando la multiplicidad sobre la unidad”.

La mirada cómplice y amorosa propicia el juego. En Galpón Face, en el fondo del espacio, un  animal de cuatro patas aparece caminando en un contraluz de siluetas.

El arte de los cuerpos es encarnar sensaciones y extrañamientos, el centauro de dos cabezas galopa y avanza, uno es la pierna izquierda y el otro, la derecha. ¿Qué acciones físicas concretas son necesarias para estar, para sostenerse en un pie? ¿Qué acciones específicas del humano acontecer son necesarias para sobrevolar este mundo?

Estar, sostener, componerse junto a otro. La pierna desnuda se siente infinitamente atraída hacia la ternura. Derramarse, apoyarse, deslizarse. Un hacer infinitivo, una potencialidad que hace sonar en los cuerpos imaginaciones. ¿Todas las carnes valen igual?, escucho que preguntan.

Narran los títeres-medias, a raposa e o tenîs, el zorro y la zapatilla. Siempre me llamaron la atención los títeres, me parece un juego extraordinario donde el cuerpo, la narrativa y las artes visuales se fusionan para crear imaginaciones que hablan cuando la palabra es difícil. Me pregunto, ¿qué habrá sido de todas las zapatillas derechas que faltan y de todas las zapatillas izquierdas? Habremos de quedarnos en la incomodidad de andar saltando en un pie hasta toparnos y/o encontrar un cuerpo otro donde compartir el peso y distribuirse simétricamente, para que no cueste todo tanto, o para sostenernos y ser sostenidos en la caricia, en el deseo, cuando las cosas cuestan mucho.

Celeste Riveros

Una tela blanca es una cama, y bordar, un acto de intimidad. Bordar es lo que hago con las imágenes que quedan de la obra en mí. Hilvanar los sentidos es lo que va desenrollando ese hilo medio invisible, o algo plateado que reúne un sentido con otro.

El cuerpo de ellxs parece deshacerse al contacto del otre. La carne es pregunta, se dirige hacia la disgregación, hacia el (des)borde, deseosa de fundirse. Una sensualidad voluptuosa circulando en el contorno de la piel, una casa, aun cuando no haya techo.

Un cuarto en el piso, rayano al suelo, con la ropa expandida en la superficie amplia y horizontal. El viaje transmite un frío inesperado, la luna se yergue sobre la montaña componiendo un cuadro hecho de telas y materiales de nobleza china. Los pliegues de las sábanas son zonas de debate entre glaciares, lámparas como astros y cuerpos que se revuelven acampando en la noche con horizonte de cerros.

En El zorro y la zapatilla encuentro una reflexión sobre la pobreza. La cultura popular de la que habló Bajtín, de la carnavalesca reunión de lo disímil. Los estratos sociales se mezclan junto al entendimiento teñido de percepciones oníricas que no entienden de clases. Un zorro sale de la luna o con la luna, un zorro de cartapesta y una cara de zapatilla rondan por la escena intercambiando máscaras e identidades mutables. El hecho artístico busca su realización en el sentido poético desplegado que se irá cosiendo, sutileza tras sutileza.

Si todo se acaba como se acaba mi amor, ¿qué queda por hacer? Sacarse del cuerpo una imagen que fue provocada por la presencia de la carne de los cuerpos vueltos hacia afuera.

La obra plantea una materia sensible en el despojo y el deseo como caricia: ¿donde el cuerpo de la carne tierna conforma una casa?

***

 

*Foto de portada: Celeste Riveros

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Mercedes Osswald

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