Dos cuerpos en (des)borde, dirigida por Marina Julieta Amestoy. Performers:
Catalina Amestoy, Carmen Juan. Diseño sonoro: Juan Cabrera. Asistencia coreográfica:
Catalina Amestoy. Producción: Natalia Daniela Silva Croome. Producción general:
Marina Julieta Amestoy.
“Hay personas que me acusan de repetirme demasiado. Pero no se dan cuenta de que mis libros no son repeticiones, sino variaciones. En cierto modo, estoy tejiendo un tapete. Me ocupo de que con el tiempo ese tapete se haga más y más grueso y su color sea más y más intenso, pero manteniendo siempre su patrón. Lo mismo es más bello que lo diferente.
La teoría siempre presupone lo mismo, que permite variaciones. Hay que diferenciar, pues, entre lo idéntico y lo mismo. Lo idéntico no permite ninguna variación. Carece de anchura y de distancia”.
(Han, Byung-chul. La tonalidad del pensamiento)
Aquello que no se puede decir impregna la piel, marca los gestos. Los pasos son movimientos en un espacio interno y pugnan por salir para nombrar la experiencia del borde.
Comienza una voz en off que nos introduce a la pieza artística y permite abordar una imaginación preliminar que conecta mi mente con las ideas que traigo de cuerpo/escritura y con la idea sobre narrativas que no hacen estructura en el relato sino que manifiestan un estado de existencia.
Lo que van a ver es un sistema funcionando. Un cuerpo investiga su recorrido sin intervenirlo. No contamos una historia, nos preguntamos cómo se escribe el movimiento, cómo se lee y cómo se transforma un gesto cuando alguien lo observa, eso es todo.
Dos mujeres en escena -pienso en una madre y una hija- (en este texto voy a nombrarlas como la primera mujer y la segunda mujer). La presencia del vínculo se instala en mí como la punta de un ovillo que tomo para tejer un sentido probable, aun sin haber comenzado el movimiento.
La primera mujer, la certera, definida, la adulta, transita el espacio por el borde con movimientos filosos, en la línea del rectángulo que conforma el espacio escénico. Marca territorio con la insistencia de la caminata que es tanto un límite como una ranura (graba porque insiste), allí deja situada una hendidura.
La segunda mujer, ondula y se flexiona, denota juventud, extravía su mirada y se fuga.
En términos de Deleuze, cada repetición transforma el sistema. Han, por su parte, habla de las capas que se acumulan en la repetición de una pieza músical que van volviendo poroso el territorio abonado en la repetición.
El espacio escénico está delimitado por una cinta de papel, que marca un borde –siento que estamos muy cerca de sus cuerpos-. Ahora me pregunto desde qué punto de vista estamos dentro o fuera. Mi imaginación me vuelve a invitar a pensar posibilidades. ¿Tal vez un útero, dentro del cual está ella, la que está contenida dentro de la marca insistente que delinea el andar-trazo de la mujer-marco, la certera de movimientos, la que anda en media punta por el borde?
La mujer jovial se mueve ondulando con la destreza flexible de lo que no ha tocado la aspereza del rígido mundo, realiza movimientos que reconozco como un lenguaje neoclásico donde las piernas, los pies y la columna están dispuestas para contornearse, extenderse y plegarse en el interior de la escena.
Unas pocas palabras enuncia el cuerpo de la primera mujer, la que horada la línea y transita en la frontera. Por alguna razón no veo su boca, suenan palabras, dicen de la espera, de no resolver, de habitar. Dice su acción de ir andando una pauta de movimiento, diciendo mientras hiende el espacio con la recurrencia del paso. Adentro, la mujer que está guarecida por los bordes definidos, circula en curvas con la mirada algo ausente de sí misma.
Tengo un pensamiento, asumo que estoy buscando la escritura en aquellos cuerpos que se mueven dentro y fuera del rectángulo. Reflexiono acerca de la letra imprenta, de los ángulos definidos de la tipografía líneal, imagino lo negro de la tinta imprimiendo en una superficie un signo, una marca, y pienso en la letra cursiva que ondula, que se retuerce sobre sí y se curva dibujando un otro signo con algo de lo esférico continuo que rueda. El movimiento de la letra se transforma en un cuerpo que danza. ¿Estos movimientos que concibo pueden acaso describir en el espacio una nota acerca de los vínculos?
Intuyo nuevamente una madre y una hija. Imagino proyecciones del tiempo venidero de una en la otra o -¿por qué no?- de una dentro de la otra. Me dejo llevar por la tentativa de un borde que debe romperse para que lo de adentro se funda con la frontera. ¿Quién vive dentro? Se me presenta el espacio uterino, la relación estrecha y primordial donde se gesta la vida como una danza.
El espacio liminal es un entre donde dos territorios convergen siendo ninguno, o uno tercero, nuevo. La orilla permite mirar lejos, la sutura emerge y posibilita que existan aquellos lugares que son en la medida en que se encuentran. Es un instante donde se ponen en contacto dos geografías como territorios y, efectivamente, existen sus costas porque hay materia en el borde.
Tengo preguntas sobre la piel del territorio, me cuestiono acerca de la manera de hacer presente la palabra escrita en la matérica realidad de un cuerpo danzante. ¿Basta con la intención? Me gusta la idea de la insistencia como rasgado y hundimiento. ¿Puede ese recorrido persistente sobre el borde crear la idea y presionar como una grafía sobre el papel rugoso? Lo arbitrario de la forma del grafema que hace significante un símbolo junto a los lazos construídos con otras/otros produce -necesariamente- fugas de sentido allí donde las convenciones no alcanzan. Justo ahí, en la orilla, los sentidos se funden y se despliegan corridos de la riesgosa univocidad.
Una proyección en la pared al fondo del espacio muestra manchas negras. ¿Es la tinta que se expande y el terreno de papel sediento absorbe la mácula delineada con presión?
Ellas instalan un vínculo en escena, pero no hay contacto en las miradas, coexisten las calidades de movimientos, las presencias y, aunque por momentos antagónicas (puesto que una explora el filo de los lados rectos de un rectángulo, mientras la otra ondea en sí), ambas recorren el borde de la flexión sus de columnas, una disloca los hombros y la otra despliega el arco lumbar. ¿Hasta dónde?
Finalmente, se rompe el trayecto con un espasmo en la iteración, un loop, cual error de la máquina, y ambas están dentro. Fondo blanco en la pantalla, un rostro cadavérico en negativo abre la boca y avanza desde el fondo, unos cuerpos proyectados. ¿Quiénes son? Suena Bjork, las luces algo naranjas, medio rojas, o acaso rosas, o de ningún color, acompañan este momento de desborde de los cuerpos dentro del borde. ¿Cuál es el afuera si el desborde es hacia dentro? ¿Qué pasó con la palabra? Fue una boca que se abrió al torsionar la columna, un decir en el cuerpo.
Estamos escribiendo movimientos de la palabra que viajan del pensamiento a la boca y a la mano, recortes de líneas de tinta que bailan en la hoja entre curvas, puntos, rayas y guiones, más cerca o alejadas, entre ritmos, pausas y silencios. Las palabras penetran profundas como la mano que ingresa dentro del agujero negro y redondo que aspira un silencio y hurga en el decir. La mano que toma, ingresa en la boca y la tapa.

