“Tal vez sea una reescritura de la danza si eso fuera posible. Otra textura.”
Andrea Castelli, Danza situada
Situar
Danza situada es el nombre del libro de Andrea Castelli que reúne quince años de su trayectoria a través de treinta y cuatro capítulos, uno por cada obra. El libro se compone de un prólogo escrito por Víctor Hugo Morales, un proemio de Mónica Berman, editora de la publicación, y una coda final. En sus páginas aparecen bitácoras de los ensayos, fotografías, notas de proceso, programas de mano, críticas y voces de las y los intérpretes para volver sobre un recorrido de largos años de trabajo.
“Un catálogo, un libro de citas, un recetario, una cartografía. Un collage.” Así presenta Andrea su libro, y agrega: “Tal vez sea una reescritura de la danza si eso fuera posible. Otra textura”. Su práctica artística, que en su momento encontró forma en el cuerpo y el territorio, ahora parece construirse a partir de otras materialidades: la palabra, la imagen, la memoria de quienes participaron, la mirada de quienes escribieron sobre esas experiencias; todo eso se reúne para poner en relación aquello que alguna vez sucedió en escena.
Al comenzar la lectura de los capítulos, lo primero que aparece son los espacios habitados por cada proyecto: una escalera, una columna, un patio, una sala de museo, una biblioteca, una fachada. Antes de conocer cada obra, empiezo a imaginar los lugares. La arquitectura se me aparece entonces como una superficie cargada de información: historias, usos, memorias, marcas.
El proemio que escribe Mónica Berman permite leer ese recorrido desde una discusión más amplia sobre el site specific, los no lugares de Marc Augé y el planteo de Richard Serra acerca de cómo el traslado de una obra implica su destrucción y la creación de una nueva. Berman lleva esas referencias hacia la obra de Andrea, planteando que el espacio participa de la producción de la obra porque también participa de la producción de sentido.
Esa relación entre espacio y sentido alcanza también al libro. La página comienza a funcionar como un lugar donde esas relaciones vuelven a producirse. Lo situado de la práctica aparece también en la forma de contarla, de plasmarla en el papel. El libro se convierte entonces en un nuevo territorio donde pensar cómo situar la danza.
Recorrer
En la introducción, Andrea cuenta que intentó organizar sus proyectos a partir de distintos criterios. Aparecieron los espacios, los temas. Finalmente, eligió el tiempo.
La cronología acumula. Cada capítulo suma una experiencia, y esa acumulación transforma la lectura. Elegir el tiempo como forma de ordenar quince años de trabajo también construye una manera de historiografiar esa práctica: establece una sucesión, ubica cada obra en un momento. Pero el collage, por su parte, introduce otra forma de leer. Los textos en primera persona de Andrea cuentan qué le pasaba con cada propuesta, cómo la abordaba, qué preguntas aparecían en el proceso. A esas voces se suman las de quienes participaron de las obras, las fotografías, las críticas, los registros. El libro se parece entonces a un diario íntimo, aunque no sea el diario de una persona sino el de una práctica: el registro de una danza que vuelve sobre sí misma y cuenta también aquello que le fue sucediendo mientras se hacía.
En un libro extenso esta multiplicidad de miradas genera distintos ritmos. A veces sigo la cronología, otras veces me detengo en una imagen o vuelvo sobre algún relato, algunas frases me hacen ir pegando saltos de capítulo en capítulo. El libro se deja recorrer.
Habitar
Después de transitar el libro desde el espacio y el tiempo, aparecen los cuerpos en relación con los lugares y las historias. La arquitectura forma parte de aquello que la acción performática puede producir y de aquello que podemos leer en ella.
Los espacios elegidos llegan cargados de historias, nombres, objetos y memorias. La danza entra en esa red y reorganiza sus relaciones. Un edificio puede traer una historia, un objeto puede condensar una memoria, un cuerpo puede ponerla nuevamente en circulación. La semiosis sucede también ahí, en ese encuentro entre lo que el espacio ya contiene y aquello que los cuerpos ponen en movimiento. En esta operación entre cuerpo y espacio aparece lo político. Está en las obras que trabajan sobre la violencia de género, sobre Malvinas, sobre Eva Perón o sobre la memoria, pero también en la forma de pensar qué puede hacer una danza, una acción determinada, cuando se encuentra con un territorio marcado por historias que siguen actuando sobre el presente.
En Barroco en Barracas y Vestidos violentados, por ejemplo, la violencia de género se construye a partir de objetos, cuerpos y espacios que conservan sus propias marcas. Los vestidos intervenidos, la referencia al femicidio de Felicitas Guerrero en el Museo Santa Felicitas y la elección del Museo de la Mujer construyen un entramado de relaciones alrededor de la ausencia. La violencia aparece como una huella que sigue interpelando el espacio. A su vez, en Cuerpos soberanos, obra realizada en el Museo Malvinas, el cuerpo se vicula con una historia ya inscripta en el espacio y abre otra forma de recorrerla. Algo parecido sucede con la figura de Eva Perón en distintas obras realizadas por la autora. Lo político deja de ser solamente un tema para convertirse en una forma de organizar la mirada: qué cuerpos aparecen, qué memorias vuelven a circular y qué signos se ponen en relación. Castelli trabaja justamente desde ahí, desde los cuerpos, la memoria, el espacio y el presente.
Leer estas obras desde el libro también modifica mi forma de acceder a ellas. Las leo a través de bitácoras que las cuentan, de fotografías que las sitúan, de críticas que las interpretaron y de voces que participaron de sus procesos. La obra llega hasta mí a través de esas capas. El libro no solamente conserva una memoria de la práctica: produce las condiciones para leerla.
Reescribir
La “otra textura” de la que habla Andrea está hecha de palabras, fotografías, críticas, documentos, recuerdos y voces. Cada material conserva una parte de la experiencia y, al encontrarse con los demás, se arma el rompecabezas. El libro lleva esas experiencias escénicas hacia otro espacio y trabaja con las relaciones que pueden producirse ahí, en el papel.
La página adquiere una condición territorial. En ella vuelven a encontrarse cuerpos que ya no están presentes, espacios que ya no estamos recorriendo y tiempos que pertenecen a momentos diferentes. La danza encuentra otra forma: la escritura la sitúa en la palabra, en esa otra textura. El gesto de situar, que se inscribe en las obras, reaparece en la forma en la que vuelven a construirse en el libro.
Es ahí donde me quedo: con esa idea que va componiendo el texto de principio a fin, la posibilidad de volver sobre una práctica a partir de sus gestos, sus huellas, sus imágenes y sus voces, y hacer con todo eso otra cosa. Lo que sucedió en aquellos espacios permanece en estos materiales, pero ahora se encuentra con una nueva forma: un libro.
Otra forma de situar, de recorrer, de habitar.
Otra textura.