LOÏE. 09

Danza, pandemia y ciudad letrada

12 de noviembre de 2021
Disponible en:
Español

Como será fácil advertir, lo que sigue son bosquejos, primeras impresiones desordenadas, reflexiones emergentes nacidas de la actual situación pandémica y sus aparejados estremecimientos, desazones pero también luces. No pretenden ser más que eso: invitaciones a pensar algunas maneras de existir del sujeto social de la danza contemporánea mexicana, en el momento actual de crisis mundial de salud, articuladas al paradigma de la ciudad letrada descrito -ya hace décadas- por el investigador uruguayo Ángel Rama.

¿Pero qué es lo que me llevó a pensar en ese paradigma en esta nuestra actual circunstancia? Recordarán que el autor mencionado escribe en el primer capítulo de su libro La ciudad letrada (1998) cómo la colonización española-portuguesa de lo que hoy llamamos la América Nuestra implicó, entre otras cosas, la proyección de una ciudad ideal sobre la territorialidad y la socialidad -diversa y concreta- de las comunidades recientemente colonizadas y cómo esta empresa de edificación arquitectónica/legal/normativa/religiosa/afectiva/genérica/artística/cultural supuso el traslado y la formación de cuadros intelectuales que llevaran a la práctica esta tarea de construcción social. Este traslado y esta formación de profesionales necesarios para la consolidación de la ciudad administrativa/política dio lugar a una también fortificada y eficaz ciudad letrada (el estamento social formado por artistas, clérigos, abogados, teólogos, profesores, administradores, funcionarios). En el libro mencionado, Rama sigue los avatares de esta ciudad letrada a lo largo de los diversos esfuerzos de organización social en los que los y las así llamados/as latinoamericanos/as nos empeñamos desde el siglo XVI a la primera mitad del siglo XX, y nos muestra tanto la persistencia del paradigma como las luchas democratizadoras que se propusieron derruir sus muros, en la perspectiva de formular otro paradigma que no reprodujera la separación jerárquica entre alta y baja cultura.

Conatus 01-FranciscoCordova-BetoPerez

 

Algo recordé de estas elaboraciones cuando recién al inicio de la pandemia advertí cómo en las redes virtuales se multiplicaban las invitaciones a tomar clases de variados saberes dancísticos y corporales (yoga, pilates, danza contemporánea, española, salsa, acondicionamiento, etc.) y las grabaciones, también en miríada, de improvisaciones, breves coreografías, secuencias de entrenamiento y pequeñas videodanzas. Lo que más me llamaba la atención en ese primer momento fue que esas iniciativas docentes y creativas no estaban filtradas por el cedazo de las jerarquías. Esas propuestas fueron hechas por diversos/as ciudadanos y ciudadanas de la danza, desde estudiantes, mostrando sus pininos escénico/virtuales, hasta legitimados y prestigiados expertos en las bondades de la creación y los saberes dancísticos. Es decir, en esos primeros meses de la nueva realidad instalada por la pandemia, muchas y muchos danzantes se hicieron presentes de manera generosa y conmovedora, compartiendo lo que la danza puede tener de autocuidado, fineza, escucha corporal, de intensidad experiencial y de capitales civilizatorios. Confrontados/as todos y todas por la acechanza de la enfermedad, por nuestra ineludible condición frágil y finita, los y las danzantes nos recordaban que su praxis es una manera de inscribir como demanda política las condiciones mínimas irrenunciables de una vida digna: derecho a la salud, derecho a la sonrisa corporal, derecho a ocupar intensamente el tiempo y el espacio propios. Y estas reivindicaciones se hacían no declarativamente sino de manera horizontal, factual, pululante, en numerosas acciones en la red. Y yo no leí juicios devaluatorios, ni reivindicaciones excluyentes de prestigios: el generoso gesto social eludió venturosamente las jerarquías, entre otras cosas, gracias al uso ampliado -si se quiere todavía embrionario- de las posibilidades democratizadoras de la virtualidad.

Sin embargo, luego de unos meses, esta primera irrupción expandida fue matizada por el acomodo habitual de presencias y posibilidades en el campo de la danza contemporánea mexicana. Si en un primer momento parecieron desvanecerse los pesos diferenciados de trayectorias y de capitales simbólicos, poco a poco se fueron reconstituyendo, sobre todo cuando se pasó del énfasis en los saberes corporales compartidos a las producciones dancístico/visuales en la red. Puede ser que en los meses iniciales de la pandemia la suspensión de las actividades presenciales y sus lógicas operativas de programación y financiamiento abrió espacios a los esfuerzos creativos, pedagógicos y de construcción de comunidad a miembros del campo de la danza contemporánea de mi país, usualmente colocados por fuera de la ciudad letrada. Cabe señalar que, en México, puede decirse que el campo de la danza contemporánea está organizado -siguiendo a Deleuze y Guattari (1997)- con base en la división entre un aparato de captura cultural estatal y unas tribus de artistas relativamente nómadas.

Esta estructuración del campo cultural y artístico en general, y del de la danza escénica en lo particular, fue el resultado de las necesidades estatales de legitimación, de las luchas de los y las trabajadores/as artísticos/as por sus derechos y de una organización de los apoyos de producción, de la distribución de las obras y del intercambio artístico basado en una naturalizada lógica meritocrática: los y las “mejores”, seleccionados por sus pares, son quienes reiteradamente han recibido apoyos y estímulos. Me consta que mucha de la producción dancística generada por este sistema es de una muy alta factura -lo disfruto y agradezco-, que los y las jurados/as se han conducido en su mayoría con ética y transparencia, que los y las artistas beneficiados/as por este sistema son en general cultores comprometidos y laboriosos de su oficio, pero el problema no se encuentra en el terreno de lo personal, sino en el de la injusticia fundacional de la lógica meritocrática que opera con criterios estéticos naturalizados de “excelencia”, “calidad”, “contemporaneidad”, “experimentación” y “rigor”, que han dado lugar a una suerte de “nobleza artística” endogámica. Obviamente, para el acceso a esta manifestación dancística contemporánea de la ciudad letrada pesan mucho las socialmente diferenciadas posibilidades de adquisición de capitales de saber, de prestigio y de legitimación. Ya lo sabemos, “todos y todas somos iguales…pero hay unos que nacieron más iguales que otros”. Me da la impresión de que esta desigual distribución de los lugares de los y las integrantes del campo de la danza escénica contemporánea mexicana está desplazando la participación horizontal en las redes que encontramos en los primeros meses de la pandemia.

Livia Balazova. Función de Inauguración Atlas 2019.

Lo dicho no significa que “nobles” y “plebeyos” no coincidan en la generosa intención de intervenir socialmente en la red con la vitalidad y los saberes de la danza. Tampoco se trata de negar las diferencias de calidad en las propuestas y en la consistencia de las trayectorias, pero creo que lo que ocurrió va imponiendo la necesidad de hacer la crítica del paradigma de organización dominante de la vida artística de mi país, de las “evidencias” estéticas naturalizadas endogámicas, de la reducción de “lo dancístico” a lo estrictamente escénico (pues, sin negarle su papel central, hay más mundos en la danza). Creo que nos urge una elucidación de las ausencias y de las emergencias de nuestro campo -para recordar a Boaventura de Sousa Santos (2009)-, como una contribución desde nuestro territorio específico al derrumbamiento de los muchos muros sociales que nos separan y ya no dan cuentan de las muchas formas y los muchos y muchas protagonistas de la bullente vida social.

Es tiempo de estar a la altura de quienes conmovedoramente compartieron, y comparten, sus danzas, sus saberes, sus rostros, sus apuestas, sus cuerpos, sus fantasías en los espacios relativamente horizontales de la red. Cultivemos esa pluralidad y esa horizontalidad. Hagámoslas nuestras.

 

 

 

Bibliografía

DELEUZE Gilles y GUATTARi Félix (1997), “Aparato de captura”, Mil mesetas, Pre-textos, Valencia.

RAMA Ángel (1998), La ciudad letrada, Editorial Arca, Montevideo.

SANTOS Boaventura de Sousa (2009), Epistemologías del Sur, Siglo XXI-CLACSO, México.

 

Imágenes

Principal: Atlas 2021 – Workshop en el marco del ATLAS México Festival –
International Dance Festival Fotografía: Gabriel Ramos Santiago.

Imagen 2: Coreografía: Conatus
Coreógrafo: Francisco Córdova y Beto Pérez
Intérprete: Francisco Córdova y Beto Pérez
Fotografía: Gabriel Ramos Santiago / Isóptica

Imagen 3: Coreografía: Livia Balazova
Intérprete: Livia Balazova
Fotografía: Gabriel Ramos Santiago / Isóptica

 

Acerca de:

Javier Contreras Villaseñor

Profesor, coreógrafo, escritor. Estudió literatura y cine (UNAM). Actualmente es docente en la maestría en investigación dancística del Cenidi-Danza, en el doctorado en Artes escénicas, artes visuales e interdisciplina y director del CICO (todo esto en el INBAL). Ha publicado seis poemarios y el libro Tárgum en una botella (cartas desde la danza).

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